domingo, 4 de septiembre de 2016

Tutorías (o no abandonemos la secundaria)

Octavio Medina publicó el pasado 3 de Mayo en el portal politikon.es el siguiente artículo que nos ha parecido de interés.



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En los últimos años ha habido un aumento del interés en las políticas educativas de primera infancia (o ECD, early childhood development). Uno de los motivos principales es la evidencia que sugiere que hay mayor probabilidad de tener un impacto positivo sobre los resultados de los niños si se interviene antes, un tema en el que ha insistido mucho James Heckman. Esto a priori está bastante justificado. Sabemos que para cuando los niños empiezan el preescolar, la brecha entre ricos y pobres ya existe, y se va agrandando año a año. Por otra parte está el problema de que el número de intervenciones sobre estudiantes de primaria –y especialmente de secundaria– que ha tenido éxito es mucho más reducido. Como apuntan Cook et al en un estudio reciente, en el What Works Clearinghouse (una especie de base de datos que categoriza programas y políticas por su nivel de efectividad, lo cual es una idea estupenda), de los 19 programas de reducción de abandono escolar en secundaria analizados, solo dos reciben la mejor nota.
Sin embargo recientemente han empezado a aparecer unos cuantos “peros”. Uno de los más significativos es el caso de las tutorías. El problema de las tutorías siempre ha sido el mismo que el de las clases pequeñas. A pesar de que hay evidencia de que las clases más pequeñas tienen mejores resultados (ver por ejemplo, el clásico de Angrist y Lavy sobre la regla de Maimónides) y de que las sesiones individuales también pueden funcionar bien (un estudio de Banerjee et al en India dio resultados bastante prometedores), reducir el número de alumnos por profesor suele tener un coste muy alto. Llegado cierto punto, a menudo no es costo-efectivo reducir el número de alumnos (comparado con otras intervenciones) dados los efectos observados. Con las tutorías la crítica era similar.
Sin embargo, una intervención reciente en escuelas de Chicago (organizada, por cierto, por el gran Roland Fryer) parece poner esto en duda. Las primeras sesiones se hicieron en el curso 2013/2014 en las escuelas públicas de Chicago. El programa se enfocó en el grupo demográfico de más riesgo en términos de abandono escolar: adolescentes varones, de bajos ingresos y minorías. El 95% de los chicos eran afroamericanos o hispanos, y más del 90% eran elegibles para comida gratis o a precio reducido en el comedor (uno de los principales indicadores que se suelen usar para medir nivel socioeconómico).
El programa consistía en sesiones diarias de 55 minutos con los chicos. Cada tutor tenía asignados dos estudiantes, y la idea era que la mitad de la clase se dedicara a trabajar en los puntos flacos de cada estudiante, y la otra mitad a lo que habían dado ese día durante las clases normales. Los tutores frecuentemente usaban trabajos formativos para dar a los chicos atención individualizada y evaluar en qué estaban progresando y en qué necesitaban refuerzo.
Las tutorías dieron muy buen resultado. En matemáticas (que era el objeto principal del programa), los resultados de los alumnos aumentaron entre 0.19 y 0.31 desviaciones estándar en el examen estandarizado que les tocaba a final de curso (el ACT PLAN y EXPLORE). Cabe la pregunta de si esto se debe a lo que los estadounidenses llaman teaching to the testun fenómeno en que los profesores se enfocan sólo en el material que va a ser evaluado en las pruebas estandarizadas. En este caso no fue así. Lo sabemos porque los investigadores también utilizaron otros indicadores para medir el efecto del programa, como las propias notas de la escuela y la tasa de suspensos. Las notas de los alumnos al final del año mejoraron en 0.45 desviaciones estándar (!!!), y la fracción de suspensos cayó a la mitad (más !!).

Por si fuera poco, el programa resultó más costo-efectivo que otras intervenciones, incluyendo muchas de educación temprana.

¿Por qué el bajo coste? La clave es el modelo, diseñado por una ONG llamada Match Tutoring. El modelo consiste en asumir que las habilidades y formación necesarias para ser maestro son muy diferentes de las que necesitaba un tutor. Al tratarse de sesiones con uno o dos alumnos, cosas como el individualizar la atención, el proporcionar feedback o el controlar lo que hacía cada estudiante son mucho más sencillas. En otras palabras, ser tutor es más fácil que ser maestro. Es una conclusión poco sorprendente pero aun así relevante, porque significa que el conjunto de personas que puede hacerlo es mucho mayor –lo opuesto suele ser un problema a la hora de reclutar maestros–, y el coste mucho más bajo. De hecho, Match se concentra en gente con buenos conocimientos de matemáticas, que acaba de salir de la universidad y quiere dedicarse un tiempo a trabajos de servicio público o voluntariado. Eso le permite hacer un programa intensivo de tutorías con muchas horas por estudiante, pero a la vez mantener los costes bajo control porque el salario de un graduado universitario de veintipocos años es mucho menor que el de un profesor con décadas de experiencia.
Aunque aún queda mucho por investigar, este estudio plantea algunas respuestas y muchas preguntas. Primero, sugiere que es posible crear programas de tutorías a gran escala (esta intervención afectó a más de 2700 estudiantes) controlando costes siempre que se separe el rol de maestro y el de tutor para abrir este último a gente motivada pero con menos experiencia. Pero también nos supone la pregunta de por qué han fracasado el resto de intervenciones en secundaria. Quizá se deba al mismatch entre lo que los estudiantes necesitan y lo que las clases tradicionales aportan. Como dicen los autores, cada año que pasa aumenta la brecha entre los estudiantes a los que les va bien y los rezagados. Por lo tanto es muy difícil que un modelo de talla única sin mecanismos de refuerzo funcione.
En cualquier caso la principal conclusión del estudio es que no hay que renunciar a los programas para adolescentes, sino seguir probando. Como diría Mark Twain, los rumores que apuntaban a la muerte de las intervenciones en secundaria se han exagerado.

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